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Diumenge, 27 de gener
mas 1:09 PMManuel Vicent:"Moléculas" Desde que he sabido que hay más moléculas en una simple gota de agua que estrellas en todas las galaxias juntas, he perdido el respeto al universo, sobre todo si se considera que nuestro cuerpo está formado sólo de agua en sus tres cuartas partes. Es más fascinante y misterioso mirar hacia abajo que hacia arriba. El microscopio ha desbancado al telescopio como instrumento poético e imaginativo, ya que entre los electrones y el núcleo de un átomo existe proporcionalmente tanta o más distancia que de la tierra a la luna. De hecho, estamos vacíos. Por eso los millones de partículas radioactivas que desprenden las galaxias atraviesan nuestro cuerpo sin tocarlo siquiera. Cuando en las noches de verano contemples las constelaciones, que los antiguos asimilaban a figuras de animales, pregúntate qué puede hacer por ti la Osa Mayor o qué puedes hacer tú por la Casiopea. Nada de nada, aparte de inspirarte algún deseo imposible. Las esferas celestes están estúpidamente encadenadas a sus órbitas. El tejado de tu casa, que en las mañanas de invierno amanece cubierto de escarcha, es un universo más inquietante. También se pueden considerar constelaciones las huellas que en él han dejado los pájaros. Trillones de moléculas habitan en una gota de rocío formando un firmamento estrellado en el que participa directamente la carne y la sangre del cuerpo humano hasta la intimidad de todas sus las células, que también navegan en agua. El espíritu es el resultado de una alta tecnología química. En el Instituto Craig Venter de Estados Unidos se ha dado el primer paso para la creación de vida artificial. Muy pronto será presentada en sociedad una bacteria viva creada por la ingeniería genética a partir de elementos inertes. Hacia ese universo infinito de la profunda materia hay que volcar la imaginación poética, la esperanza y el terror. Dejemos que las galaxias se devoren entre ellas y se suiciden lanzándose a un agujero negro. La escarcha que aletea con el primer sol en el tejado en la mañana de invierno contiene todas las moléculas del espíritu y de la carne. Las huellas de los pájaros son constelaciones que cubren todos los sueños.Manuel Vicent/El País/27-1-08 Moléculas enllaços: Ira. A Fulton nature/ droplets Dilluns, 25 novembre Temps de revival Almudena Grandes: "Marcas generacionales" Cuando la luz de la euforia dejó paso a una neblina de desilusión en los ojos de su hijo, los dos cruzaron una mirada de inteligencia tácitamente pactada desde hacía mucho tiempo. Y sin embargo, cada uno pensó en sí mismo.Ella, más joven, recordó unas botas de plástico –de plástico auténtico–, con una lengüeta rematada con flecos y tachuelas del color del bronce trepando pierna arriba, que su madre le ofreció sin caja, sin bolsa, una culpable ausencia de detalles. Aquel año, ella quería unas botas, lo había anunciado ya en septiembre, antes de quitarse las sandalias, quiero unas botas, quiero unas botas, quiero unas botas... Su madre no dijo nada al principio. Luego le recordó que su calzado del año anterior estaba nuevo. Después revisó con ella su armario, intentando convencerla de que unas botas del año de Maricastaña y el número 37 la estaban muy bien, cuando ya el 38 de sus propios zapatos le quedaba muy justo. Ella siguió, incansable, quiero unas botas, quiero unas botas, quiero unas botas... Una tarde de sábado fueron juntas de compras, pero, según su madre, que se obstinó en aparentar una sordera inexistente ante sus múltiples y carísimas sugerencias, no encontraron nada. Y por fin le trajo aquel horror, plástico auténtico, oferta estrella de la semana en uno de esos hipermercados que acababan de abrir. Él, casi diez años mayor, recordó en colores. Etiquetas blancas con letras azules, etiquetas naranjas con letras negras, etiquetas negras con letras rojas, todas despreciables por igual. Los únicos vaqueros que molaban, los únicos que no daban vergüenza y merecía la pena llevar, tenían una etiqueta roja con letras blancas. Él lo sabía, sus amigos lo sabían, los dependientes de las tiendas lo sabían, sus hermanos lo sabían, todos los habitantes de este maldito planeta lo sabían. Todos menos su madre. Pero, vamos a ver... Si pone lo mismo, ¿no? Es el mismo pantalón, de la misma marca, con la misma tela, la misma forma, la misma palabra en la etiqueta... Pues no, mamá, claro que no, porque no son auténticos. ¿Y qué son?, su madre ponía los brazos en jarras, ¿de cartón piedra? ¿Pero tú estás tonto o qué? Al final no le quedaba más remedio que usar esos vaqueros de segunda clase, nacionales, espurios, sucedáneos. Les cortaba la etiqueta con las tijeras de las uñas y mucho cuidado, eso sí, por si colaba y alguien pensaba que el legendario pedacito de tela roja se había caído. Ella pensó en las botas, que al fin y al cabo resultaron de buena calidad y eran muy cómodas, y él, en sus vaqueros anónimos de etiqueta cortada, cuando el hijo al que habían educado juntos, al borde ya de los once años, levantó las deportivas en el aire después de haberlas estudiado hasta en el menor detalle. –Pero éstas... No son las que os pedí. –Claro que sí –él reaccionó primero–. Querías unas botas altas, de las de jugar al baloncesto, ¿no? –Negras, de lona, con cordones negros –enumeró ella–. Éstas son las que querías. –No. Porque esta marca no es de zapatillas, mamá, es de caramelos. Yo quería las que usan en la NBA, esas que tienen una etiqueta re¬¬donda, de plástico, y que son las buenas, las que lleva todo el mundo... –¿Pero qué quieres? –y esta vez ella fue más rápida–. ¿Llevar lo que lleva todo el mundo? ¿Tú qué eres, un borrego o un niño inteligente? –¡Soy un niño normal, mamá! Y quiero unas zapatillas que... –Ya está bien. No se te ocurra volverle a hablar así a tu madre. Pediste unas zapatillas y te las hemos comprado, buenas, bonitas y como tú las querías. Así que se acabó. –Pues no me las pienso poner. ¿Os enteráis? No me las voy a poner en la vida. Su hijo dejó caer la caja al suelo, muy digno, y esperó estoicamente la bronca, los gritos, el bofetón, pero nada de eso se produjo. Así que se dio la vuelta, empezó a caminar despacio en dirección a la puerta y tampoco pasó nada. Bueno, sí que pasó, pero era lo que esperaba. Antes de salir miró a sus padres y vio que estaban muertos de risa. Entonces tuvo una visión desagradable, pero exacta, de su futuro inmediato, y adivinó que se pondría todos los días las zapatillas que acababa de despreciar, hasta que se le quedaran pequeñas o se rompieran por el exceso de uso. EPS/El País 25-11-07 Diumenge, 18 de novembre Enrique Vila-Matas: "Río Congo abajo" 1. Aunque no se había ido nunca, vuelve la oscura corriente que corría rápidamente desde el corazón de las tinieblas, llevándonos río Congo abajo, hacia el mar, con una velocidad doble a la del viaje en sentido inverso. Y vuelve también la vida de Kurtz a correr también rápidamente, desintegrándose en el mar del tiempo inexorable. Coincidiendo con el 150aniversario del nacimiento de Joseph Conrad, aparece una edición conmemorativa de El corazón de las tinieblas. Su autor escribió otras obras memorables, pero el largo monólogo de Marlow, contrafigura del propio Conrad en Corazón de tinieblas (ése sería el título más exacto, pues permite el doble sentido del original), se ha salvado de todas las oscuras corrientes del olvido.¿Por qué esta novela y no Lord Jim, por ejemplo, que también tiene una categoría excepcional? Aunque sobre esto hay teorías para todos los gustos, a mí me gusta pensar que es a causa esencialmente de su estructura narrativa tan moderna, y no tanto por la influencia de Apocalypse Now, la adaptación al cine, o por la indiscutible actualidad de sus denuncias colonialistas. Ha resistido por la asombrosa modernidad de su propuesta narrativa. "Escribir es prever", anotó Paul Valéry a mano en la dedicatoria de un libro que hoy forma parte de la biblioteca de Jordi Llovet. La sentencia de Valéry es fácilmente aplicable a Conrad, que creó para Corazón de tinieblas un tipo casi inédito de estructura narrativa que luego se extendería por toda la literatura contemporánea. La primera parte del libro crea expectativas en torno a la enigmática figura de Kurtz, a cuyo encuentro viaja el lector. Pero el narrador va demorando la hora de ese encuentro. Es un libro en el que en realidad, a diferencia de tantas novelas de su época, no hay acción, y apenas sucede nada, aunque las expectativas de conocer a Kurtz se van haciendo cada vez más grandes. Pero para cuando éste finalmente aparezca, la novela se hallará ya en su recta final. Arrastrábamos unas ganas inmensas de saber cómo era y qué pensaba del mundo y le oímos sólo decir: "Estoy acostado aquí en la oscuridad esperando la muerte". Es un personaje que preludia figuras de Kafka y de Beckett. El monólogo de Marlow sólo nos ha conducido hasta un personaje que va a descubrirnos que hemos leído la novela para viajar hacia una revelación final que, tal vez por intuirla horrible, preferíamos demorar leyendo escenas banales, y que en efecto va a dejarnos ante a un hombre extraordinario, Kurtz, enfrentado a la tiniebla que encierra su propio ser, incapaz de decir algo más que esto acerca de la verdad última de nuestro mundo: "¡Ah, el horror! ¡El horror!". 2. El monólogo de Marlow se inicia al dejar atrás el puerto de Londres, donde hacia el oeste puede verse que el lugar de la monstruosa ciudad está aún señalado siniestramente en el cielo: es una leve tiniebla bajo el Sol, un resplandor cárdeno bajo las estrellas. Oímos entonces la célebre frase inaugural de la historia: -Y también éste ha sido uno de los lugares oscuros de la tierra. Se nos dice de Marlow que de entre todos los viajeros era el único que "aún seguía el mar". A propósito de esto, resulta curioso observar cómo se ha instalado el tópico de que Conrad fue un escritor de historias de acción y de aventuras marítimas cuando en realidad está comprobado que detestaba la acción y el mar. Su colega Saint-John Perse nos dejó estos datos sobre Conrad: "No le gustaba el mar -vivía 42 millas tierra adentro-, pero sí el hombre contra el mar, y los barcos, y nunca me entendió cuando le hablé del mar en sí". Su amigo Bertrand Russell previó la resistencia al tiempo de "la terrible historia titulada Corazón de las tinieblas, en la que un idealista un tanto débil es empujado hacia la locura por el horror de la selva tropical y la soledad entre salvajes". Lo conjeturó con indudable acierto Russell, que consideraba que esa narración era la que expresaba de manera más completa la filosofía de la vida de Conrad -la vida tomada como una navegación río Congo abajo-, una filosofía que consideraba el mundo civilizado como un peligroso paseo sobre una tenue corteza de lava apenas enfriada que en cualquier instante podía romperse y hacer que el incauto se hundiese en un abismo de fuego. Esa conciencia de las diversas formas de apasionada demencia a que se sienten inclinados los hombres era la que le daba a Conrad, según su amigo Russell, una creencia tan profunda en la importancia de la disciplina. Últimamente, por cierto, dedico tiempo al estudio del diverso sentido de la disciplina que tienen personas -próximas o lejanas- que me interesan. En el caso de Conrad puedo decir que en materia de disciplina no fue precisamente moderno, pues ni consideraba que había que apartarla por innecesaria (las horribles versiones progres surgidas de Rousseau) ni que hubiera que pensarla como esencialmente impuesta desde afuera (el no menos horrible autoritarismo). Conrad se adhería a la tradición más antigua, según la cual la disciplina debe proceder de dentro. Es una fuerza mental, que emite nuestro propio genio del lugar, el genius loci, nosotros mismos. El hombre no se libera dando libertad a sus impulsos y mostrándose casual e incontrolado, sino sometiendo la fuerza de su naturaleza a una idea del espíritu y a un proyecto dominante, a un férreo código mental que sepa cancelar su libertad más salvaje y situarle en la corriente, río abajo, de una vida disciplinada y, a ser posible, gracias a los designios interiores del genio del lugar, moderadamente sublime. El País/18-11-07 Enllaços:Joseph Conrad (1857-1924). Wikipedia Books on-line The Joseph Conrad Society The Josep Conrad Foundation Diumenge, 9 de setembre Manuel Vicent: "Espejos" El río en el que nadie se baña dos veces, según Heráclito, está formado por todos los espejos en los que uno se ha mirado a lo largo de la vida. La conciencia se inicia en el instante en que el niño se reconoce a sí mismo por primera vez en el espejo familiar del cuarto de baño. Llega un momento en que ante su propia imagen el niño piensa que ese que aparece allí dentro es él y no otro, esos son sus ojos, su nariz, su boca, su diente partido. Frente a ese espejo se establecen a continuación unos ritos inolvidables: su madre le lava la cara y le peina, unas veces a gritos, otras con lisonjas y allí se reflejan las primeras lágrimas, las primeras risas. En el azogue del espejo familiar la imagen del niño quedará guardada para siempre en brazos de Narciso. La edad consiste en ir dejando atrás aquel primer espejo. Un día el chico se afeitará la pelusilla del bigote y la niña se pintará por primera vez los labios con carmín, pero puede que sea ya en otro cuarto de baño. Si hubieran sido fieles al primer espejo no se habrían dado cuenta de que tenían ya quince años. El río de Heráclito discurre sobre nuestra piel, nos atraviesa por dentro y uno sólo comienza a envejecer cuando abandona aquel espejo que era un amante verdadero. Cada vez que vuelvas a mirarte en él después de una larga ausencia entenderás que el tiempo sólo es un cambio de apariencia. Se trata de una experiencia muy común. Al llegar el mes de agosto te vas de vacaciones a la casa de la playa, entras en el cuarto de baño, abres la ventana y te miras en el espejo donde había quedado congelado tu rostro desde el verano pasado. No estaban allí todavía algunas arrugas ni las ojeras que has cosechado a lo largo del año. Se hace evidente que has engordado. La expresión de los ojos tampoco es la misma. Pese a todo, durante el verano irás asimilando esta nueva imagen hasta aceptarla e incluso asimilarla con agrado, pero al volver a la ciudad, cuando apenas ha pasado un mes, en el cuarto de baño de casa te esperará la imagen que dejaste allí antes de salir de viaje. También algo habrá cambiado esta vez. El bronceado alegrará la palidez con que te recordabas, pero sin duda en la nueva imagen se reflejara una nueva erosión, el rastro de una aventura, la señal de una caída. Uno va envejeciendo en los sucesivos espejos como si se reflejara en río de azogue que nos atraviesa. Pese a todo existe un primer espejo que guarda tu imagen de niño ante el que tu madre te fregaba la cara con un estropajo. Ése es el que te amará siempre y te será fiel hasta la muerte.Manuel Vicent/El País/09-09-2007 Enllaços: Faith ringgold Divendres, 22 de juny
mas 12:27 PMOperación Uñas Sergi Pàmies Por la peculiaridad de su clima, de sus habitantes y de los turistas que la visitan, Barcelona se está convirtiendo en la capital europea de la chancleta. La llamen hawaiana o brasileña, lleve adheridos complementos de bisutería o no, tenga suela de goma o de cuero barnizado, los pies que nos rodean visten cada vez más esas formas primarias de calzado. Emparentadas con esta tendencia, y a un nivel superior en el escalafón pedestre, están las sandalias y sus múltiples variantes.El otro día, en las oficinas de una agencia de seguros, me atendió una mujer tan cuarentona como yo, impecablemente vestida, que llevaba unas elegantes sandalias, no sé si de inspiración romana o egipcia. El caso es que dejaban al descubierto los dedos de sus pies y, de paso, unas uñas pintadas de un modo tan imperfecto que me impidieron concentrarme en las primas, los plazos y las tarifas (eran como esos cuadernos infantiles de coloración que no respetan el contorno indicado). A mi pesar, estuve todo el rato preguntándome si aquellas uñas perjudicaban la credibilidad de la profesional del seguro de vida (un eufemismo, ya que de lo que se trata es de cobrar en caso de muerte). Al salir de las oficinas, comprobé que la uña defectuosamente pintada es una plaga. Confluyen en esta tendencia dos modas simultáneas: la de la sandalia-chancleta y la de pintarse las uñas. Hay quien sostiene que pintarse las uñas es un elemento más del embellecimiento artificial, pero recuerdo que cuando era pequeño y me las pintaba con rotulador azul, mis superiores (académicos o familiares) consideraban, con razón, que era una guarrada. Deduzco, pues, que existe una superioridad moral del esmalte sobre el rotulador y de la uña femenina sobre la masculina, algo que, en manos de un abogado marrullero, podría suponer un caso de discriminación de género. Pero volvamos a las uñas de los pies. El hecho de descubrirlas siguiendo los gregarios dictados de la moda ha dejado a la intemperie toda clase de aberraciones y, por supuesto, muchos ejemplos de normalidad e incluso de belleza. No seré yo quien critique la perfección de algunos pies, pero la pregunta que me sugiere esta moda que inicia su esplendor con la llegada oficial del verano es: ¿todas las uñas son dignas de ser mostradas? No es un debate transcendente, lo sé, pero no deja de resultar inquietante que se muestren algunas placas córneas dignas del paleolítico y que cualquier arqueológo podría confundir con una valiosa pezuña cuaternaria. Si se suben a un metro o a un autobús y, para matar el tiempo, deciden mirar los pies de los que les rodean, descubrirán que no todos los dedos son iguales. Algunos no tienen ningún reparo en mostrar estructuras fosilizadas. Nada de perfección pedicura: uñas salvajes, córneas preparadas para matar y arañar, diseñadas como armas blancas o de destrucción masiva. En cuanto a la pintura, son la prueba que confirma el apretado horario de algunas mujeres. En principio, se las pintan sin pensar en su próximo deterioro y no calculan que, al cabo de cierto tiempo, los contornos se desdibujan y la superficie pintada compite con la despintada. Ustedes me dirán: qué ganas de fijarse en detalles menores. Es cierto. Pero del mismo modo que cuando alguien se pinta los labios más allá de los labios y se embadurna parte del careto crea en su entorno cierta incomodidad (por no hablar de compasión), la uña pintada desatendida contradice el propósito de embellecimiento de su propia razón de ser. Consecuencia: lo que debería ser un elemento de belleza se convierte en detalle de fealdad. La estación que inauguramos ayer propicia estos excesos. Habrá otros, es cierto, y cada uno cometerá pecados de orden estético más o menos imperdonables (yo mismo tendré serias dificultades para contener mi tendencia al desprendimiento de barriga). Pero ya que este proceso de chancletización de la ciudad parece inevitable, podríamos iniciar una campaña de movilización. Hace unos días, releía un divertido artículo de Félix de Azúa (que aparece en la reeditada La invención de Caín) en el que, para criticar el maltrato al que se somete a muchos perros en las grandes ciudades, escribió en tono gamberro: "¿Por qué no hacer de Barcelona la primera ciudad europea, si no mundial, libre de perros?". Está claro que su propuesta fracasó y que los perros barceloneses no sólo siguen viviendo con más o menos incomodidades, sino que algunos humanos han preferido pasarse al bando canino e imitan su comportamiento cívico con notable éxito. Si Barcelona sólo ha conseguido ser antitaurina y, al mismo, propiciar fenómenos mediáticos como el regreso a los ruedos de José Tomás, deberíamos atrevernos a impulsar una normativa antichancleta para evitar algunos espectáculos degradantes. Y, en caso de que la moción fracase, sólo cabe desear que las uñas pintadas tengan en cuenta la importancia de un buen mantenimiento de chapa y pintura. El Pais/22-6-07 Diumenge, 10 de juny De Palmeres i Ginjolers Enrique Vila-Matas: "El fin de Barcelona" 1. La vida fabrica coincidencias extrañas. A la misma temprana hora en que estaba preocupado por el posible derribo de la fabulosa palmera de la calle de Cardener que tengo delante de casa, Isabel Núñez lo estaba por el tan temido derrocamiento del maravilloso azufaifo de la calle de Arimón donde vive. Historias mínimas y paralelas, leves malestares graves. Calculo que hace unos 30 años que no veo a Isabel Núñez, pero el caso es que, a la hora temprana en que yo miraba con angustia la palmera, ella me estaba escribiendo un e-mail para hablarme de su pequeño drama grave: "Pretendo salvar un árbol de la calle Arimón esquina Berlinès. Han tirado una casa bonita (otra) y resulta que el árbol es un azufaifo (ginjoler), especie en peligro de extinción, protegida aquí y en Europa, árbol chino que vino a España por el sur, con los árabes. Algunos vecinos ilustres me apoyan, Parcs i Jardins nos da la razón, el técnico municipal nos dice que no les dará la licencia de construir si no cambian el proyecto y le dejan una esquinita al árbol, que hasta ahora daba sombra a la acera y la llenaba de flores pegajosas y de esa especie de dulces cerezas rojas gigantes".Más coincidencias: antes de irme a vivir a esa casa frente a la palmera de la calle de Cardener, pasé una larga temporada en un piso en la calle de Arimón, aunque no me acuerdo del árbol chino, como tampoco del alcalde Hereu, que nació en esa calle. En el blog de una amiga de Isabel Núñez(www.objet-a.blogspot.com) he encontrado información sobre el azufaifo: "Este árbol (Zizyphus jujuba), ginjoler en catalán, originario de China, llegó probablemente a Andalucía a través de la cultura árabe. Pekín está lleno de ellos, es muy común en los patios de los hutones, las casas tradicionales. En España había muchos en Granada. En Barcelona hay uno en la calle de Arimón". Poco después de recibir el e-mail de Isabel, leía (con asombro ante el encadenamiento de casualidades) una carta de la señora López González a La Vanguardia: "En la calle Cardener-Torrent de les Flors del barrio de Gràcia están derribando casitas, una de ellas no catalogada pero hermosa. Desde que empezaron los derribos, hay varios operarios con martillos neumáticos trabajando todos a la vez, sin casco, ni protección para los oídos, ni máscara para el polvo contaminante. No sabemos si se lo quitan o no disponen de ello. Y se han declarado ya dos incendios. Lo vemos desde nuestras casas, donde el ruido penetra. El distrito de Gràcia ha dado el permiso para el derribo, según la Guardia Urbana, a la que hemos acudido varios vecinos. En Urbanisme y en el distrito no hay ningún proyecto presentado, según nos informan. Los responsables, según la prensa, son Akasvayu, que compró todas las fincas, y Construcciones Pedralbes, y ahora Derribos Ureña". No hablaba la señora López González de la palmera, pero la causa de su alarma era la misma que la mía y la de tantos vecinos de Cardener y Torrent de les Flors. Historias mínimas y paralelas, leves malestares graves. Ese mismo día en que apareció la carta publicada, redoblaron infernalmente en las obras de Cardener el salvaje ruido, como si quisieran vengarse de todo el vecindario. Y hasta hubo un momento en que pensamos que como castigo derribarían de un solo machetazo la esbelta palmera. Barbarie, a pleno sol del día, en Gràcia. Sus verdes ediles antisistema callan y otorgan. En Sant Gervasi, los mismos vientos. ¿Qué será del azufaifo? Pensando en ese árbol chino, me acordé de mi hermana Teresa, que el día anterior me había hablado con tristeza del cedro y otros árboles del jardín (calle de Martí, entre las de Secretari Coloma y Alegre de Dalt) bárbaramente derribados en una sola mañana, bruscamente desaparecidos -ante la mirada traumatizada de sus alumnos- de la agradable vista de la ventana del taller donde imparte lecciones de pintura china. En este caso no era un azufaifo, sino un cedro, pero el hecho es que la serenidad de su taller chino se vio brutalmente alterada por la fulgurante, mercantil y brutal supresión del jardín. Sé que el fin del azufaifo, el cedro y la palmera no es el fin del mundo, pero con pequeños malestares graves se va forjando un gran malestar grave y gestando ese rumor que muchos ya hemos escuchado y que habla de que, con la ciudad vendida a la especulación inmobiliaria y a un turismo indiscriminado y regalada la industria cultural a Madrid, estamos ante el fin de Barcelona. Ya no es sólo la barbarie que en una sola mañana a mí me ha alcanzado por tres ángulos distintos (una prueba de que el promedio de salvajadas tiene que ser grande), sino también esa incomodidad creciente de notar que la ciudad ya no es nuestra, que es un gran parque temático para extranjeros y que en realidad con tanta estupidez ya se ha producido -en los próximos años simplemente se confirmará- el fin de Barcelona. En cierta ocasión, le pregunté a Pep Guardiola si un futbolista, en el momento mismo de realizar la última gran jugada de su vida, podía llegar a intuir que con aquella gran jugada había llegado el fin de su carrera. ¿Sabe ya Barcelona que su gran carrera hacia la nada ha llegado a su final? 2. De tontería en tontería. El artista HA Schult ha instalado en la plaza Reial de Barcelona su última performance: 300 estatuas humanas hechas a tamaño real y material reciclado para concienciar a los consumidores de la cantidad de basura que se genera a diario. Vi ayer a muchos turistas posando para mentecatas fotografías junto a las estatuas basura, confundiéndose con ellas. Nítido el mensaje que esa atroz imagen transmitía. No se puede resumir mejor el fin de Barcelona, y creo que es mejor no negar la realidad de ese final, es decir, recordar lo que ya Hannah Arendt decía: "Comprender qué quiere decir atrocidad y no negar su existencia". El Pais/Catalunya/10-6-2007 Enllaços: amics dels arbres Ginjoler, El gingoler del carrer Arimon, Jujube/ginjoler/azufaifa El objeto a Blog d'Isabel Nuñez Diumenge, 1 d'abril Decir que no a todo Javier Marías Continuamente se nos bombardea con las supuestas ventajas y simplificaciones de las nuevas tecnologías, que suelen resumirse en la siguiente frase: "Ahora podrá usted hacer esto y aquello y lo otro desde casa", como si no moverse y llevar una vida cada vez más sedentaria fuera algo beneficioso y, sobre todo, como si hacer algo sin desplazamiento equivaliera a no hacerlo, lo cual, claro está, es falso. Por el contrario, yo lo único que percibo es un crecimiento infinito de la burocracia, en todos los ámbitos. Nos vemos obligados a hacer mil gestiones y a cumplir con mil requisitos para cualquier nadería, como lo es a estas alturas comprarse o mantener un coche; no digamos para asuntos de mayor complicación, como adquirir o alquilar una casa, ejercer cualquier profesión o montar un negocio. Con las declaraciones de Hacienda, se nos fuerza a llevar cuenta exacta de lo que ganamos y gastamos, libros de contabilidad, directamente, y a almacenar infinidad de papeles y datos, durante cinco años que siempre son renovados, uno a uno. Cuando se muere alguien los trámites son interminables, y si deja herencia no digamos. El Estado actual es una obsesiva máquina de registrar: exige justificantes, comprobantes, actas, partidas, permisos, licencias, constancias para cada paso que damos o no damos. Los profesores universitarios que conozco, en cuatro países diferentes, se ven todos abocados a descuidar sus clases, son lo de menos, para atender casi exclusivamente a agobiantes tareas administrativas. Muchos profesionales liberales han de dedicar varios días al mes a preparar y emitir complicadísimas facturas si quieren cobrar por sus trabajos. Y no sé si de verdad se podrán hacer tantas cosas desde casa, pero las colas en las ventanillas y mostradores son cada día más lentas; yo no veo que los ordenadores sean muy rápidos en manos de funcionarios o de agentes de viaje, aunque no dudo que en otras podrían serlo.Yo encuentro disuasorio este mundo legalista y reglamentista, que además es contagioso. No es sólo el Estado el que hoy pide toda clase de documentos y avales al que se mueve, sino también la esfera privada. Hace ya trece años que decidí no aceptar nada que tuviera el más mínimo carácter estatal: invitaciones del Ministerio de Cultura o de cualquier otro, de los Institutos Cervantes, las Universidades, Televisión Española, los institutos de enseñanza pública, a congresos o viajes patrocinados o sufragados por las Embajadas. La razón no fue sólo evitarme el papeleo consiguiente, hubo otras de mayor peso, pero sin duda contribuyó no poco. Así que resolví limitarme a lo privado en todas mis actividades. Sin embargo, el contagio ya se ha producido, y cada día tengo más claro que la única forma de vivir tranquilo y dedicarse uno a sus cosas, sin pérdidas gratuitas de tiempo, es decir que no a todo. Porque en cuanto uno dice que sí a algo, comienzan los trámites y las obligaciones "secundarias". Valga un caso reciente como ejemplo: durante dos años, una adinerada institución me insistió en que participara en un ciclo de charlas literarias. Ocupado como estaba con la escritura de una novela larguísima que espero acabar de aquí a un mes, finalmente, fui declinando la invitación amable. Hasta que, previendo que en otoño estaré más liberado, acepté hace poco, y me comprometí a intervenir en dos sesiones del mes de noviembre. Ha bastado que dijera que sí para que la institución en cuestión haya empezado a darme la lata y a pedirme cosas absurdas por adelantado, interrumpiendo así mi inconclusa novela. "Envíenos un curriculum vitae" (algo que mal que bien se encuentra en la solapa de cualquier libro mío). "Mándenos una foto" (se pueden conseguir demasiadas en un montón de sitios, empezando por las susodichas solapas). "En septiembre querremos los títulos de sus charlas y un resumen de las mismas" (como si fuera a pensar lo que voy a decir dos meses antes de que me toque). "Díganos su número de cuenta bancaria, con veinte dígitos" (pese a que no se me pagaría la irrisoria suma hasta después de haber cumplido). "Para colgar en nuestra web y publicar en nuestro boletín, envíenos todo eso a la mayor brevedad". Parece como si hoy, más que la intervención propiamente dicha de alguien, lo que interesase fuera anunciarla en las malditas webs y en los condenados boletines y programas, y que, por así decir, todo tenga lugar no en la realidad y cuando debe, sino por adelantado y virtualmente. Les contesté diciéndoles que tenían muy extrañas pretensiones; que yo acudiría a las charlas cuando me tocase y que eso era todo. Pese a los antiguos ruegos, la respuesta fue borde: "De su carta deducimos su imposibilidad de participar, a causa del formato de nuestro ciclo". Yo no había dicho tanto. Era, como mínimo, una deducción precipitada. Pero miel sobre hojuelas. Ya digo, no hay como decir que sí a algo para que a uno ya no lo dejen tranquilo. Nuestra sociedad invita a paralizarse, a no tener iniciativa, a no hacer ni aceptar nada, a estarse quieto. Si uno tiene algún proyecto o quehacer por cuenta propia, claro está. En ese caso, no me cabe duda, no hay como decir que no a todo para poder dedicarse a lo que le interesa de veras y lograr, tal vez, alguna cosa de provecho. El País Semanal/1-4-07 |
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